JOAQUÍN ESTEFANÍA DICE: “A MÍ, ¿QUIÉN ME RESCATA?”.

La increíble falta de reflejos del presidente de Gobierno, Mariano Rajoy, completamente ausente en los primeros momentos del rescate cuando más pedagogía política del mismo se requería (la conferencia de prensa del ministro de Economía, Luis de Guindos, fue de carácter técnico), hizo que este sábado las principales intervenciones de los ciudadanos en las redes sociales y en las emisoras de radio se incendiasen con la cuestión de por qué a mí no me apoyan para salir del agujero, llenas de antipatía hacia las ayudas a la banca española —y de paso, a las élites políticas y económicas que las han propiciado—, y con sensaciones de inequidad generalizadas. ¿Quién apaga este fuego?

Y sin embargo, pese a su coste y a su impopularidad, el rescate al sistema financiero español puede ser una buena noticia si se acompaña de otras medidas igual de significativas y se aprovecha la ocasión para que Europa entre en una nueva fase de reforzamiento del euro y de construcción política. En el horizonte inmediato se entrevén dos cumbres de cuyo resultado depende bastante este futuro y la corrección (o no) de la desafección ciudadana.

Rajoy, en el fútbol, disimulando, como si no pasara nada.

La primera, la reunión del G-20 en México, dentro de una semana. En ella, el presidente estadounidense, Barack Obama, batallará por recuperar el espíritu de esa formación G en los primeros momentos de la Gran Recesión: cuando el sentido común compartido por los principales países del mundo, sin excepción, decía que el principal problema de la economía mundial era la ausencia de crecimiento y para superarla se debía sacrificar el resto de los desequilibrios.

Obama se encontrará con algunos aliados europeos en esa hoja de ruta que defiende inversiones en crecimiento y empleo a corto plazo, mientras se mantiene la disciplina fiscal a largo plazo. El líder norteamericano ha llegado a la conclusión de que su reelección como presidente depende casi únicamente de la recuperación económica de su país (está creciendo a alrededor del 2% del PIB y tiene una tasa de paro superior al 8%) y ella, en el marco de referencia de la globalización, se vincula de forma directa a la salida europea de la crisis. Su frase lo refleja con exactitud: “Si hay menor demanda de nuestros productos en lugares como París o Madrid, eso significa menos negocio en lugares como Pittsburgh o Milwaukee”.

Al G-20 se llega con noticias inquietantes en el terreno económico. A pesar de que ya no se puede hablar de una crisis planetaria (el PIB mundial crecerá este año a un porcentaje del 4%), hay una recesión europea y un bajo crecimiento norteamericano. Y lo que es peor, en las últimas dos semanas el panorama se ha ennegrecido: desaceleración en EE UU, con una mala tasa de empleo, y de los principales países emergentes —sobre todo China, que ha reducido sus importaciones siendo el principal país comprador de muchos de los países medios—; y datos a la baja en Europa, testificados por las previsiones del Banco Central Europeo, con crecimiento del desempleo. Un contexto real poco propicio para la recuperación.

Inmediatamente después de México, los mandatarios de los cuatro países europeos presentes en el G-20 (Angela Merkel, François Hollande, Mario Monti y Mariano Rajoy) se reunirán en Roma para preparar la segunda gran cumbre del mes: el consejo de jefes de Estado y de Gobierno de la UE, que se celebrará el día 28, en el que se dilucidará la tensión entre dos formas de ver la política económica del continente: la preeminencia de la austeridad alemana o del crecimiento francés, y los aliados con que cada uno de ellos cuenta. Y no sólo ello, sino si se avanza en lo que se denomina Maastricht 2.0, con pasos hacia la unión bancaria, la convergencia fiscal, la unión política y la Europa federal, que conllevarán amplios espacios de soberanía compartida.

Rajoy no puede ausentarse de ese debate y ha de escoger. Los pasos dados para llevar un mensaje común a Europa de los dos principales partidos tienen que incorporar a las formaciones nacionalistas. Y sobre todo, no se ha de marginar a una ciudadanía estupefacta por el volumen de los problemas, liderada por nadie, en una coyuntura especialmente difícil para sus intereses cotidianos y sin proyecto de futuro. España debe establecer su propia hoja de ruta, al margen de las exigencias comunitarias para rescatarnos.

CITA. EL PAÍS. EL DIARIO DE LA CRISIS. ARTÍCULO DE JOAQUÍN ESTEFANÍA “A MÍ, ¿QUIÉN ME RESCATA?”. Página 25. (11-06-12).

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