TEATRO. “EL MONTAPLATOS”, DE HAROLD PINTER.

Alberto San Juan y Guillermo Toledo. Dirección, Lima.

Gran velada en el Matadero: San Juan y Toledo otra vez juntos, mano a mano, frente a frente en El montaplatos, de Pinter, la nueva y soberbia entrega de Animalario. Un sótano desolado, cubierto de plástico negro. Hasta las butacas de las gradas están cubiertas de plástico basuril: qué gusto le han cogido al plástico desde Penumbra. Ya verán a qué viene (y viene muy bien) todo ese plástico, aunque te resbala un poco el culo. Dos literas. Dos puertas batientes, al fondo. Oscuridad, que el acatarrado público aprovecha para toser acompasadamente. Larga secuencia muda: los dos tipos fingen dormir, se espían, se escrutan. Ominosos ruidos de poleas en la noche, una cisterna lejana y goteante, a punto de desbordarse. Se hace la luz. San Juan y Toledo tienen aspecto de vagabundos beckettianos, pero sin bombines. Diario en mano, comentan las noticias del día (de qué día no importa) para matar el rato. Algo esperan. Algo que no pinta bien. Durante un buen rato no sabremos a qué se dedican. Hasta que vemos las pistolas. Bueno, lo adivinamos antes por los diálogos. Diálogos que Pinter cocinó con vianda Hemingway (The Killers), salsa Beckett, y un trasluz de El quinteto de la muerte de Mackendrick. Y toneladas de talento propio, por descontado.

El montaplatos (1960) es la pieza de Pinter que más cerca está de las estructuras del teatro del absurdo: una premisa disparatada que se desarrolla como un teorema. En la época se hicieron un montón de obras así. Strip-Tease, de Mrozek, por citar solo una. Pero El montaplatos dio primero y dio dos veces. Mil veces: su influencia fue enorme, incalculable. Marcó ritmos dramáticos (los stacattos de Mamet) y llegó, treinta años después, al neocinenegro: desde Tarantino (los diálogos “¿Royal con queso?”, de Travolta y Jackson en Pulp Fiction) hasta aquella maravilla casi secreta que fue Perdidos en Brujas, de Martin McDonagh. Hay, por cierto, una coincidencia casi premonitoria: antes de hacer Pulp Fiction, Travolta interpretó El montaplatos en televisión, con Tom Conti, a las órdenes de Altman. Muy buena versión. Hablando de versiones, la de Andrés Lima podría llamarse Perdidos en Zaragoza. Los personajes siguen llamándose Gus (Toledo) y Ben (San Juan), pero da toda la impresión de que lo hacen para darse pote, para jugar a gángsteres, porque son dos pobres diablos españolísimos: Gustavo y Benito. Todavía más: para mí que son Abejaruco y Lince Ibérico, aquellos dos seguratas de Aznar que Toledo y San Juan interpretaron en Alejandro y Ana, una cumbre de la comedia, un gran dúo cómico. (Toledo y San Juan, quiero decir). Fijo que a Abejaruco y Lince Ibérico les botaron y ahora se ganan la vida en giras por provincias. Ahí están, más viejos, más cansados, en un sótano zaragozano, esperando órdenes, como siempre.

Es fantástica esa españolización de los personajes: Benitico y Gustavón, agencia de liquidación. Benito es el veterano. Gustavo siempre será el novato, hasta el día en que se jubile, si es que llega. Benito está cada vez más crispado. Gustavo, cada vez más tonto, el pobre. Y Benito cada vez le aguanta menos. Un viejo matrimonio. Diálogos en la vieja tradición del clown y el augusto. “Enciende la cafetera”. “¿Cómo puedo encender una cafetera?” Las tensiones que crecen por un sí o por un no, por una gota que rebosa el vaso, como el agua de la cisterna. Un sobre se desliza bajo la puerta. Abren el sobre: doce cerillas, de parte del señor McGuffin. Brota una pregunta existencial: “¿Por qué nos ha enviado cerillas, si sabe que no hay gas?”. Ah, el señor McGuffin tiene estas cosas. El gran tema de la nueva dramaturgia de los cincuenta era la espera. La espera que suscita preguntas sobre el sentido de la vida, del mundo como sótano mal iluminado.

Benito y Gustavo, pues, están muy nerviosos, no paran de moverse, como en el clásico número de los osos enjaulados. La procesión va por dentro. Gustavo comienza a tener dudas, porque su último trabajo le dejó muy mal cuerpo. “Las mujeres no son tan compactas como los hombres. Las mujeres se desparraman más”. Peligrosas dudas. Y para acabarlo de arreglar, en el sótano hay un montaplatos por el que llegan mensajes cifrados altamente enigmáticos. “Dos filetes con patatas. Dos arroces con leche. Dos cafés sin azúcar”. Hay un interfono precario, un viejo tubo neumático que conecta con el piso superior. No oímos la voz pero percibimos sus órdenes: reclama más cosas que Angela Merkel y Moody’s juntos. Platos cada vez más difíciles, renuncias cada vez mayores. Una voz tan antigua como el tubo. Entendemos ahora el significado profundo de la acepción “pasar por el tubo”. Y la antiquísima, inmemorial esencia de la voz, capaz de separar mares rojos con un susurro. El montaplatos es una negrísima entrada de payasos feroces que dura hora y veinte. Excelentemente adaptada, dirigida e interpretada (encarnada, esa es la palabra), con un ritmazo que no decae ni un segundo. Un pelo grandilocuente el ecce homo final, para mi gusto. Única pega de un trabajo superlativo. San Juan y Toledo están que se salen. Da gusto ver juntos a este par. Tendrían que hacer diez comedias más, cuando menos. Grandes aplausos.

CITA. EL PAÍS. CULTURA. “El montaplatos”, de Harold Pinter. Dirección, Andrés Lima. CRÍTICO: Marcos Ordóñez. 31 de enero de 2012.

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