LA INTRAHISTORIA DE UNA DECISIÓN. LOS PRIMEROS QUE LO DEBÍAN SABER (II).

 

Esta es la cuestión que más me preocupaba. Había toda una serie de personas que no debían enterarse a través de los medios de comunicación. Si así hubiera ocurrido no me lo hubiera perdonado nunca. Téngase en cuenta que la decisión que iba a dar a conocer era una de las cuestiones políticas más importantes de mi vida. Hice la campaña de elecciones primarias dentro de mi partido para encabezar la lista al Ayuntamiento de Huesca con una gran ilusión. Fue una de esas empresas vitales que te marcan de por vida. Ahora, once años después, once años de una intensa y apasionante gestión, no podía cometer ciertos errores y menos ciertas descortesías.

Nadie debía saber el día y la hora aproximadas en la que se iba a dar a conocer la decisión, para que así el orden político, protocolario y afectivo se cumpliera en un orden impecable. En ese nadie, como ya se habrá comprendido, no están incluidos mis familiares más directos. Ellos forman parte de mi decisión.

Dicho lo anterior, el primero al que se lo debía comunicar en persona era al Presidente del Gobierno de Aragón y Secretario General Regional de mi partido, Marcelino Iglesias. Desde que se celebraron las elecciones primarias en el año 1998 siempre he declarado mi lealtad, que no fidelidad, a su persona en las responsabilidades políticas e institucionales. La tentación de contar el contenido de esa breve conversación es evidente, pero no lo haré. Y no lo haré, no porque contenga cuestiones claves, graves o inconfesables. No, tan sólo porque lo que uno habla a este nivel es discreto por definición y por respeto. 

Todo comenzó en el AVE

Hablé desde el AVE y a continuación me puse en contacto con Luis Felipe. Le conté de forma breve la decisión que había tomado y le rogué que lo comunicara al grupo municipal socialista. Hablamos que tras hacerlo, Luis los convocaría a una reunión. Más tarde me comentó que habían decidido hacer dicha reunión conmigo a mi vuelta de Madrid. El Grupo Municipal Socialista del Ayuntamiento de Huesca se convertiría así en un agente activo para la transmisión del contenido de mi decisión en la tarde del lunes.

En dicha tarde del lunes tuvo lugar una importante actividad parlamentaria en el Senado. Minutos antes de comenzar la Comisión de Entidades Locales, con la intervención del Vicepresidente Tercero del Gobierno de España, don Manuel Chaves, llamé personalmente a don Fernando Lafuente. El Partido Aragonés gobierna en coalición con el Partido Socialista en el Ayuntamiento de Huesca. La conversación fue larga. No revelaré nada que no deba si digo que Fernando se sorprendió, que no se lo esperaba. Quedamos que hablaríamos largo y tendido en los días posteriores.

A lo largo de la tarde-noche mi móvil se fue llenando especialmente de mensajes de mis compañeros de Corporación. Por razones obvias también se lo comuniqué pronto, por la tarde, a mi secretaria de Alcaldía.

Por la mañana había viajado a Almudévar primero y posteriormente a la ciudad de Zaragoza para coger el AVE. En este viaje fui acompañado de mi Jefe de Gabinete, Juan José Bona. No le podía decir nada, y no le dije nada. Todo tenía que llevar su camino y su procedimiento.

A mitad de tarde lo llamé y le comenté que se pusiera en contacto con la Concejala Amalia Aso, que le tenía que decir algo. Ese algo era lo de mi dimisión. Como después le tenía que dar un encargo a Juan José Bona, le volví a llamar y de paso le pregunté si ya había hablado con Amalia. Y me contestó que no había tenido tiempo. Ya en este momento, como me constaba que la noticia estaba ampliamente divulgada, me fastidió un poco y le repliqué algo así como: “Bueno, ya hablarás con ella”. Él tampoco me preguntó nada más.

Y cuando él me volvió a llamar para darme información del recado que le había encargado, entonces sí que ya se había enterado de lo que pasaba. Me lo dijo con tanta parsimonia que decidí tirarme a su yugular. Y como si de un Casares Quiroga se tratara le contesté: “Anda, que si tú hubieras tenido que dar la noticia de que había estallado la Revolución, lo teníamos claro”.

Al día siguiente, desde el Café Gijón, llamé a don Jesús Colás. Tuvimos una larga y entrañable conversación. Quedamos que la continuaríamos comiendo en Zaragoza. 

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