DESDE HUESCA: ALPINISTAS Y AMIGOS DE OSCAR PÉREZ HABLAN SOBRE LA MONTAÑA.

 

OPINAN CECILIA BUIL, LORENZO ORTAS, MANUEL AVELLANAS, JUAN GOYANES Y ALFONSO URIEL.

 

¿De qué pasta está hecha esta gente? La pregunta sucede a cada tragedia en la montaña y la respuesta es siempre la misma, un gran interrogante; una cara de perplejidad; un “pues no lo sé…”; a menudo, otra pregunta: “¿Y a usted por qué le gusta determinado color o correr maratones?”. “Supongo que nos mueve la pasión por la montaña, por el alpinismo, pero es difícil de explicar. Objetivamente, nos damos cuenta de que es absurdo, pero hay una atracción que nos lleva a intentarlo aun sabiendo los riesgos que entraña y las posibles consecuencias”, dice Cecilia Buil, amiga de Óscar Pérez, el alpinista oscense accidentado y abandonado hace una semana en el Latok II. Después, se lleva el dedo a la sien, se para un par de segundos e interpela a los compañeros: “¿Por qué hacemos esto?” “Buena pregunta”, responde Lorenzo Ortas, vicepresidente de la Peña Guara, coordinador del dispositivo técnico del rescate de Óscar Pérez. “El día que lo comprendamos, se lo explicaremos”, prosigue. “Cada cual tiene su respuesta o la busca. Yo, simplemente, no me hago la pregunta”. “Supongo que, si no hubiera un riesgo, no nos gustaría tanto”, desliza después. “Quizá lo hagamos para superar un miedo, un reto que puede parecer imposible…”, tercia Manuel Avellanas, vicepresidente también de la Peña Guara, médico de profesión, gran amigo de la familia del alpinista oscense.

Cecilia escucha sus razones y añade una más “porque no hay una respuesta muy clara, sino cinco o seis posibles, todas combinadas”. “La belleza de las montañas es una; y el afán de superación, otra”, apunta la alpinista; “pero también estas son un poco absurdas porque la belleza se encuentra en otros sitios y uno puede superarse de otras maneras”. “Nosotros mismos nos preguntamos por qué”, reconoce. “Y, al final, lo que hay es una atracción especial hacia la montaña. Te lo pide el cuerpo”.

 

Oscar Pérez junto a compañeros en una expedición al Karakorum.

Oscar Pérez junto a compañeros en una expedición al Karakorum.

Gente normal

Nada de chalados. Ni de lobos solitarios. Ni de todos esos tópicos que se manejan cuando sucede algo así. Los habrá. Pero ni más ni menos que en otras actividades. “Somos gente absolutamente normal y sociable”, asevera Lorenzo Ortas. “Y Óscar era un ejemplo de ello: un tipo muy alegre, muy espíritu libre, que tenía una tremenda afición a superarse, a asumir retos cada vez más complicados. Pero no era ni solitario ni raro”, asegura Avellanas. “La montaña”, recuerda con aire místico, “siempre ha tenido presencia en todas las religiones”. “Es que esto es como quien se pone delante de un toro o quien atraviesa en solitario el océano. Yo no lo haría. ¿Qué les motiva a ellos?”, se pregunta Buil. “Imagino que no es ni el dinero ni el afán de notoriedad, sino la pasión que les llama”, añade. Y, entonces, Juan Goyanes, alpinista también, compañero de Cecilia en su próxima expedición en la Patagonia, pone cara de querer intervenir. Y suelta: “Digamos que el riesgo es un mal necesario; que para poder vivir todo esto tienes que asumir una serie de cosas”. “Más riesgo hay en la carretera y nadie deja de coger el coche”, tercia Alfonso Uriel, colaborador del club. Pero ¿piensan en el riesgo antes de acometer una de sus aventuras? “Piensas en la posibilidad, pero sobre todo, en evitarlo, especialmente en determinados países, porque sabes que las consecuencias serán siempre graves: congelaciones, roturas, miembros amputados…”, señala Cecilia Buil. “Nunca piensas que te va a pasar. Y, si sucede, lo asumes sin más”, asevera Ortas. ¿Y qué hay del miedo? ¿Existe? “Lo sientes cuando estás un poco cansado porque eres consciente de lo que puede suceder”, asegura la alpinista.

“Pero cuando estás exhausto, ya no. No tienes energía para sentir miedo. La concentras en lo fundamental, en bajar, y, si no puedes, te abandonas, te duermes; todo te da igual y no razonas”, abunda Goyanes. Entonces, sólo el empeño de un compañero puede salvar al alpinista de las garras de la montaña. Como le sucedió a Edurne Pasabán en su última expedición. La soledad, en un caso así, suele ser sinónimo de muerte. “Cuando te duermes, entras en hipotermia y ya no despiertas más”, apunta Avellanas, el médico. Suena duro. Pero a los montañeros no les hace desistir. “No has acabado una expedición y ya estás pensando en la próxima”, asegura Uriel. “Y si lo estás pasando mal tienes ganas de acabar, pero luego lo olvidas y vuelves otra vez”, añade Cecilia. Ella acude a la Patagonia por tercera ocasión. “Se trata de insistir. A ver si me toca por fin y puedo subirme a algún lado”, dice. Allí el desafío no es la altura, sino el mal tiempo. Siempre el cara a cara con el entorno, el pulso con la naturaleza. ¿Acaso el verdadero motivo de su atracción?

 

[CITA. PÚBLICO. 23 de agosto 2009. DEPORTES. MONTAÑISMO. “Ni nosotros mismos sabemos por qué hacemos esto”. Reportaje hecho por la periodista Noelia Román, desde HUESCA.

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