PARA DESENGRASAR: PAÑUELOS Y SERVILLETAS.

 

Que la realidad cambia es un hecho evidente, y que las personas tenemos que adaptarnos a las nuevas costumbres, también. Es aconsejable que lo hagamos porque a buen seguro dicha actitud de adaptación a los nuevos tiempos en general nos aportarán más cosas a favor que en sentido contrario.

Pero esos cambios no siempre tienen un sentido necesariamente a mejor. Pueden ser cambios meramente utilitarios, explicados por razones sociales muy diversas, pero que a veces las nuevas propuestas no afrontan las cosas con la misma bondad que las costumbres de antaño.

No pretendo ni polemizar ni sacar conclusiones más allá del anecdotario, pero yo que tengo ya una experiencia del contraste puedo decir que a veces hecho de menos lo de antes. Son temas menores, pero que marcan formas de ver las cosas, especialmente el detalle de lo menudo. Me acuerdo por ejemplo que cuando yo era crío, cuando salía de casa, mi madre siempre me hacía una última pregunta, una pregunta que casi siempre tenía la misma respuesta por mi parte, acompañada de un cierto tono de desagrado. “Fernando, ¿te has cogido el pañuelo?”. “Sí”, respondía yo arrastrando la palabra con un cierto tono de enfado. ” A ver, enséñamelo”. Y de cada tres veces, dos tenía que subir a  mi cuarto a buscar el pañuelo, pañuelo que mi madre había planchado con todo esmero. Porque las mujeres mayores planchaban-planchaban. Y cuando ya salía embalado del portal temiéndome lo que no me gustaba nada, mi madre me volvía a llamar diciéndome: “A ver, ven aquí. ¿Te has peinado bien?”. Y como yo siempre he tenido (ahora no, porque ya prácticamente no tengo) un pelo de mala raza, con unos cuantos remolinos, mi madre mojando la punta de sus dedos con saliva intentaba aplastar los pelos de los remolinos, sin conseguirlo por supuesto, para desesperanza mía, que llorisqueaba repitiendo la cantinela de todos los días: ¡Que voy a llegar tarde!. Y es que, creo que le debo a mi madre y sus ensalivamientos mi proverbial puntualidad. Y si la causa no es ésta, podría serlo perfectamente. Hoy cada vez se llevan menos pañuelos de tela, no quiere decir que no los tengamos, sino que no los utilizamos porque, claro, hay que lavarlos muy bien, y hay que plancharlos mejor. Digo lavar y planchar, al margen de quien lo haga. Ahora llevamos los kleenex, que son una salida utilitaria destacable, pero creo yo poco adecuada a determinados momentos y a determinadas vestimentas. Aún guardo algunos pañuelos, aunque no sé dónde estarán, con mi nombre y apellidos bordados por monjas insignes de cuando deambulé por mis queridas tierras canarias.

BaberoAlgo similar al pañuelo podría ser la servilleta. Ayer mismo, que desayunamos con cuchillo y tenedor en un bar-cafetería de la ciudad de Huesca, solicitamos servilletas de tela. Lo  preguntamos con la cautela del que sospecha que casi con seguridad le van a contestar que no, y así fue. De tela no, nos replicó el camarero con un tono de voz amable, dejando entrever ese matiz que no hace falta ni entonar ni vocalizar de ninguna forma especial para que entiendas perfectamente eso de a dónde van éstos,  o sospechando lo peor, de dónde habrán salido. Y eso que nos conocían. De igual manera, ahora se utilizan masivamente las servilletas de papel, que están muy bien -al margen de cuestiones ecológicas y medioambientales, cuestiones muy importantes, pero a tratar en otros contextos-, pero que sin lugar a dudas son muy poco eficaces en muchos tipos de comidas, sobre todo si hay salsas, aceites, vinagres,… porque corres el riesgo cierto de salir con la chaqueta, o la camisa, o la corbata, o los pantalones, o todo a la vez, más iluminados que un creyente después de unos ejercicios espirituales. Y es que además, la servilleta de tela tiene todo el sentido del mundo. Incluso los baberos gigantes. Ya sabes querido lector de este blog, que hay restaurantes de lujo que con según que platos, el comensal recibe un buen babero para no mancharse, especialmente la corbata. Para los que no lo sepan les diré que hasta en el protocolo más exquisito (no en el más snob), cuando se lleva corbata, está perfectamente permitido utilizar la servilleta sujeta en la base del cuello. Ésta era una costumbre muy utilizada antes, en las comidas de fiesta o con familiares, en el Altoaragón como un elemento de dignidad y de distinción. Los recién llegados a las tradiciones desdeñaron esta costumbre como obsoleta o cateta. Catetos ellos.

Se trataba de desengrasar. En esta recta final del mes de agosto de siempre, y más cuando no se respeta políticamente el preceptivo descanso del más duro estío, parece aconsejable también hablar de estas cosas. Tienen su aquel.

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