SIENTO NO PODER DECIRLO.

 

Poema: Hablar y callar.

Poema: Hablar y callar.

Siento no poder decirlo. Hay comentarios que son tan geniales, tan afortunados, que a uno le gustaría publicitarlos a los cuatro vientos. No hay nada más satisfactorio que poder compartir un pensamiento genial o una actitud valiente. No puedo contar quien lo dijo. Ciertos contextos en los que se dice algo aconsejan ser prudente, siendo tácito un compromiso de silencio en algunos casos, más importante incluso que el off the record de los periodistas. Está el honor entre caballeros. Entre caballeros, y entre caballeros y damas para ser políticamente correcto. Otros citarían en la línea de la argumentación incluso el secreto de confesión. Cuando uno tiene entre las manos una joya dialéctica siente un impulso difícil de contener para no revelarla, como decía al principio, para no publicitarla a los cuatro vientos.

Me limitaré a decir que la persona en cuestión ocupa un importante cargo institucional en el contexto de la Unión Europea. Es un veterano, punto de referencia para muchos. Habla sin morderse la lengua, muy seguro de su forma de pensar. Habla despacio y a veces escenifica lo que dice. Y lo dice con toda exactitud, consciente de que en escasos minutos de charla puede dar titulares de prensa generadores de polémicas sin cuento. Por eso precisamente, sí se termina por morder la lengua a pesar de las intenciones de sus interlocutores.

Pero vayamos al grano. Lo escuchaba con atención. Pocos minutos antes el susodicho personaje había construido un pequeño guión sobre el que entrelazar su discurso dialéctico. No recuerdo bien cual había sido la fundamentación de la pregunta, pero la respuesta se tejió del siguiente modo: – “Mire usted, yo no creo en los jueces…”. Como hizo una pausa excesiva, la situación me permitió sacar la libreta y tomar nota de lo que iba a decir. Y lo dijo midiendo mucho las palabras pero con absoluta claridad: “Creo en Dios porque no lo veo, pero en los jueces, que sí los veo, no creo…”.

No hubo silencio. La reacción fue instantánea y unánime. Todo el mundo se echó a reír, y el que más y el que menos hizo algún comentario con los vecinos de asiento. La edad permite una franqueza sabia  producto de años de experiencia.

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