“¿QUÉ MIRAS TÚ?.¿TENGO MONOS EN LA CARA?”.

 

“¿Qué miras tú?. ¿Tengo monos en la cara?”. La señora hablaba con enfado y alternativamente fijaba su mirada con una expresión dura que yo no acababa de entender. La observaba sorprendido, mientras ella rezongaba sin cesar. Por fin, las filas de coches empezaron a circular de nuevo por Gran Vía. En escasos momentos perdí de vista a la señora.

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El taxista me observaba a través del espejo retrovisor y sin que yo le dijera nada comentó para él: “¡Qué genio!”. El tráfico era lento y me sumergí en mis pensamientos en lo que había sucedido. Miraba desde la lejanía emocional a los ocupantes de los vehículos que circulaban a nuestra altura. Era hora punta, aunque en Madrid casi todas las horas son punta. Pero había aprendido la lección. Escarmentado los miraba furtivamente, para no provocar. Cientos, miles de conductores y de ocupantes de multitud de tipos de vehículos, todos circulábamos en apariencia juntos por el centro de Madrid. Enorme diversidad de mundos, físicos, colectivos y personales. Los miraba pensando que, a buen seguro, en el contexto adecuado la comunicación sería posible, cordial… pensaba esto, con ánimo constructivo, a la vez que me acordaba de la señora de Gran Vía.

Me acordaba de la señora de Gran Vía. La culpa, sin querer, la había tenido yo. La señora se molestó… La miraba supongo que con una insistencia que ella consideró desproporcionada y descortés, por mí parte mirando pero sin ver. La miraba y ella se molestó. Y es que iba en un taxi y no me había percatado que al ir en un coche privado, en un taxi, los cristales de la parte trasera no son tintados como habitualmente los son en los coches oficiales. A buen seguro que iba contemplando la realidad circundante con la naturalidad y tranquilidad que te da el ver y no ser visto, más si ya estás acostumbrado a ello. Pero en el taxi, en Gran Vía, yo estaba en el escaparate, sin protección, y la señora se molestó. Por mi parte, en ningún momento fui consciente de la situación que estaba provocando. En sí misma tenía poca importancia, pero en cualquier caso me sirvió como una pequeña lección.
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