DE ATOCHA A LA PLAZA DE LA MARINA ESPAÑOLA… EN TAXI.

 

Me gusta decir a qué hora me levanto porque sé que a muchas personas de las que conozco les da un cierto repelús cuando me lo oyen decir. ‘ ¿A qué hora dices…?, ¿A las cinco…? ‘. Si lo he comentado en grupo, siempre hay alguien que muestra gesto de indiferencia, como diciendo: ‘ ¿Y eso te parece levantarse pronto…? ‘. A mí me sorprende que les sorprenda. Porque siempre he dormido más bien poco, unas veces por obligación y otras no sé si por pura inercia o por permanente búsqueda. Y no lo encuentro nada extraordinario, cada cual tiene sus procesos de automatismo.

traficoHoy me he levantado… antes. Tenía que salir de Huesca a las seis horas y he estado en un duermevela permanente, que es lo peor que te puede pasar. Vale más una hora bien dormida que tres con el ojo a medio echar la persiana.

Cuento todo esto porque llego a Madrid y pido un taxi para ir al Senado. Alguna vez me tenía que tocar. Miren que he ido veces en taxi, y que me he tropezado con taxistas, como en la vida misma, de todas las formas de ser y de estar. Pues como el de ayer, ninguno, nunca.

La primera, ya me llamó la atención. Llega el taxi que había pedido, y el taxista, sin bajar del coche, me dice: “Suba“. Y yo le digo: “¿Y el equipaje?”. Replica: “Métalo dentro que cabe en el asiento de atrás“. ‘ Pues sí que empezamos bien’, pensé para mis adentros.

Llovía, las dos últimas semanas están siendo pródigas en lluvia. Salí de Huesca lloviendo y llegué a Madrid lloviendo¿Qué, va al Senado?. Respondo, “Sí”. Como yo no le había dicho todavía mi destino, pensé que la información se le habían dado en la central de la empresa a la que yo había solicitado el taxi.

Comenzamos la carrera. Iba destemplado, y si algo no me apetecía era conversar. Y lo que se dice conversar no hubo lugar, porque el taxista, de unos cincuenta años, se bastaba y se sobraba él solo para hablar del tema que le interesaba: El mundo del taxi. De esto me enteré propiamente al final de su monólogo, monólogo que empezó diciéndome, con sorna: ” Lo bien que se lo deben pasar ustedes allí votando todos los días para que la gente de a pie tengamos que estar cada vez pagando más”.

Podrás pensar, querido lector de este blog, que yo contesté algo. Pues no, no deseaba entrar al trapo, ni él tampoco me dio ocasión. “Porque dígame usted, ¿qué sentido tiene esto de los puntos?. Vas con el coche haciendo tu trabajo y a la mínima que te saltes un semáforo en amarillo para que te salga alguno por ahí y te denuncie… y cuatro puntos menos. Y anda que los que ha puesto el Alcalde éste– referencia hecha al Alcalde de Madrid Ruiz Gallardón –, que no son policías locales, se las traen… Y cualquier giro un poco raro que tengas que hacer para coger a un cliente, te sale alguno de éstos y, ala, cuatro puntos…”

Fuimos por Bailén. Eran cerca de las nueve. Hora punta y llovía. No había un atasco propiamente dicho, pero el ritmo de la circulación era lento. Parábamos con frecuencia. “Y dicen que tienes derecho a recurrir, sí, y vas a Plaza Castilla, y buenos están hechos esos, no te hacen ni caso… Y ustedes tampoco nos hacen ningún caso. Ni los Sindicatos. Claro, que las asociaciones nuestras tampoco se han movido nada…” .

Madrid. Plaza de la Marina Española. Senado. Monumento dedicado a Cánovas del Castillo.

Madrid. Plaza de la Marina Española. Senado. Monumento dedicado a Cánovas del Castillo.

Iba al Senado. El Secretario de Estado del Ministerio del Interior iba a comparecer en Comisión. A comparecer y a contestar cuarenta y nueve preguntas, el noventa y cinco por ciento de las cuales estaban formuladas por el Partido Popular. Aunque iba bien de tiempo, el trayecto se me hacía largo. “Y es que estás completamente solo, y así que vas a poder hacer… nada. A mí ya me ha tocado volver a examinarme… No, si es que esto es una dictadura”.

Llegamos a un semáforo en rojo, y paramos. El Senado se me antojaba todavía distante. Él aprovecha para darse la vuelta y preguntarme: “¿No cree usted que esto es una dictadura?”. Como la pregunta fue tan directa, le contesté: “De todo lo que usted ha dicho no voy a opinar. Pero de esto último sí. Mire usted, no estamos en una dictadura”. La fila de coches se puso en marcha y nosotros continuamos nuestra andadura, que a mí me daba la impresión que ya habíamos recorrido la mitad de La Mancha.

Y continuo diciendo: “Y claro, además todo esto lo interpretan los policías locales, y los que la pagamos somos nosotros. Cualquiera de éstos -por los policías locales- salen cabreados de casa porque la mujer no les ha hecho el sexo, y la pagamos nosotros… Y no se vaya a creer usted, a la mínima de cambio, por cualquier tontería, cuatro puntos…”.

Y llegamos al destino. No crean que en el tono de su voz había resentimiento. Se despidió como si nada, con un “buenos días” afable. Yo le repliqué “que le vaya a usted muy bien”, y cerré la puerta con suavidad. Por unos segundos me quedé de pie. Entre unas cosas y otras estaba grogui. Y me fui a desayunar. Después de todo, bien me merecía un café con leche con churros.

Aún le estoy dando vueltas a lo que me dijo. Porque hombre, algo de razón, aunque sea poca, debe tener aquel señor.

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