PEÑA TAURINA OSCENSE: UNA CENA PARA LA CONVIVENCIA.

 

La Peña Taurina Oscense ha estado organizando en las últimas semanas una serie de actos públicos con la presencia de figuras del mundo del toreo. Este tipo de actos siempre me han gustado porque permiten adquirir conocimientos sobre un mundo muy poco conocido por mí, y porque el contraste de pareceres entre los presentes suele ser vivo y con un cierto grado de apasionamiento.

Fernendo Elboj, Leandro Marcos y Jorge Lozano

Fernando Elboj, Leandro Marcos y Jorge Lozano.

Lo más interesante son siempre lo que podríamos denominar los entresijos de la fiesta, no quedándose la cuestión en el nivel de lo más destacado, si se quiere de lo más tópico. Cuando se tiene ocasión de escuchar tranquilamente a los hombres de los toros hablar en un cierto nivel de confianza, pues cabe la posibilidad de obtener claves significativas de lo que por otro lado es difícil que aflore.

Si además tienes la suerte de compartir mesa, en este caso en una cena, pues mucho mejor, porque la prudencia profesional de los maestros, de los banderilleros, de los picadores, de los empresarios y críticos taurinos,… se relaja un poco y entre plato y plato y en un tono de franca complicidad entre ellos, van desgranando anécdotas, hechos, pinceladas de acontecimientos, lo que te permite ir buceando en una realidad que desde fuera nos parece algo hermética.

He de decir que en la cena del pasado viernes, día 20 de marzo, me encontré a gusto. Conocía a una parte de los comensales, Tomás y Diego Luna, Pablo Ciprés, “El Moli“,… Pero sobre todo quien más me facilitó las cosas fue el torero invitado y que había sido el protagonista de una entrevista a dos manos, que llevaron a cabo el presidente de la Peña Taurina Oscense, Jorge Lozano, y el periodista de la Cadena COPE de Zaragoza, Pablo Hernanz. Se trata del maestro vallisoletano, afincado en Calatayud, Leandro Marcos.

Cuando intervino en el acto público lo escuché con atención porque, además de sus opiniones, normalmente me interesa mucho escudriñar en la personalidad de las figuras de una actividad, de un arte tan difícil como es la lidia del toro. El torero, en su esencia, se le supone muy diferente. No puede ser una persona convencional, tan evidente como todo lo que se deduce de su enfrentamiento a pecho descubierto con el toro de lidia, que es un animal que no bromea, frente al cual el torero se expone fatalmente. No es el del torero un atrevimiento fortuito, casual, a veces… sino un cara a cara continuado, de sumo riesgo, sin concesiones. Por eso el torero, y de igual manera el banderillero, no son personas convencionales, yo creo que no lo son. De allí que merezca la pena escucharles con mucha atención.

Huesca. Peña Taurina. Vista general de la cena.

Huesca. Peña Taurina. Vista general de la cena.

 

Y con atención escuché a Leandro Marcos. Sobre la figura de un torero todavía pesa una imagen tópica, la del adolescente aventurero, que procedente de una familia humilde, se lanza en las noches lorquianas a la dehesa prohibida, a furtivas capeas en solitario o en compañía del colega de turno, vamos, como en las mejores narraciones del género o de las películas más populares. El torero, según este perfil, suele saber poco de letras y mucho de la vida.

Pero hoy las cosas ya no son exactamente así. Muchos toreros saben mucho de letras y afortunadamente poco del hambre. Porque los tiempos han cambiado. Y cuando uno los escucha se da cuenta de que son personas preparadas, reflexivas, de verbo fácil, hábiles más que en lo que dicen en lo que callan, en cómo saben administrar los silencios y las sonrisas. Detrás de la sonrisa que encubre un silencio hay todo un tratado de inteligencia de quien, estando acostumbrado a enfrentarse a toros bravos, sonríe con unas briznas de condescendencia.

Leandro Marcos tiene todo el aspecto de ser una persona inteligente. Habla muy bien, con sencillez, no con jerga retórica, sin levantar la voz, escuchando con atención las preguntas y administrando los silencios. Y sonríe, sonríe cuando se le pregunta por la medalla más famosa de las últimas décadas. Y opina sobre la misma con inteligencia, como debe hacer un maestro y además compañero.

Diré yo al respecto, y esto va por alguno, que la maestría y la sobra de agallas no son razones suficientes para adoptar posturas prepotentes ante un compañero de ruedos, que probablemente no ha deseado que le concedieran la distinción mencionada. Es bueno que la maestría, que la admiramos, vaya acompañada de unas gotas de humildad. El maestro cuanto más humilde más sabio.

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Aso, Elboj, Marcos, Lozano, Tomás y Diego Luna.

La cena transcurrió plácidamente hasta pasada la medianoche, más allá de la una. Los amigos de la familia Luna, que eran todos, tuvieron el detalle de felicitar a Tomás porque era su cumpleaños. Tomás había llegado de Madrid esa misma tarde, y de viaje salieron Pablo Ciprés y Diego Ochoa porque ese mismo sábado partían hacia la Meseta, a tierras manchegas, para participar en un festival taurino. Todos los despedimos con un sentimiento muy especial.

La cena estuvo muy bien, por lo que hay que felicitar a la cocinera y a todo su equipo de ayudantes. Muchos echaron una mano en los menesteres de una cena de estas características. Allí estuvieron con su excelente saber estar Pilar y María José, de las que guardaré un muy grato recuerdo. Y no puedo despedir esta crónica sin acordarme de algunos de los asistentes a la charla-coloquio, como Carmelo Luna y Carletes.

Amalia, Juanjo y yo nos despedimos de todos. Habíamos estado casi cinco horas viviendo una intensa jornada taurina, en un ambiente magnífico. No tengo sino que agradecer mucho la invitación. Gracias a todos.

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