REVERENDOS DEL RITMO.

 

Los Campbell Brothers presentaron en Huesca su vibrante visión del Gospel.

 Todo el mundo puesto en pie, mirando hacia el altar, al escenario en este caso, con las manos levantadas e invocando el nombre de Jesús como si de una misa en alguna pequeña comunidad del sur de los Estados Unidos se tratara, así terminó el concierto que los Campbell Brothers ofrecieron la noche del jueves en el Centro Cultural del Matadero.

Los Campbell Brothers podrían ser la típica formación que surge del coro de una iglesia y después alza el vuelo para seguir su camino, pero hay algunos detalles significativos que los alejan de la norma: en primer lugar proceden de Nashville, Tennesee, la capital del country, algo extraño en un grupo de gospel, además incorporan a su música la steel guitar, un instrumento tradicional propio de la música country, y no solo una sino que llevan dos steel guitar en su formación, un caso realmente insólito; y también resulta curioso que un grupo de sus características lleve un bajista blanco de estética punki, el bueno de Malcom Kirby, que le da el swing necesario a su sonido.

Huesca. Centro Cultural Matadero. Concierto de The Campbell Brothers. Fotografía propia.

Huesca. Centro Cultural Matadero. Concierto de The Campbell Brothers. Fotografía propia.

Partiendo del gospel, la música de los Campbell se derrama ardiente sin conocer fronteras: blues, soul, funk, boogie, rock, country, todos estos ingredientes se agitan en su coctelera para fabricar un excitante brebaje que se sirve hirviendo. La voz torrencial de Katie Jackson enciende sus proclamas religiosas con un brillo espiritual, sus alabanzas al Señor en “Power Lord”, su alegría por sentirse iluminada en “Good all the time”, su creencia de que hay otra vida cuando termina esta en “Fly away”, suenan sinceras, y resulta extraño que una voz de su calibre no sea la que cante en la versión que hacen del “A change is gonna come” del gran Sam Cooke, una de las canciones más estremecedoras de la historia de la música, donde todo el protagonismo recae en la steel guitar de Derick Campbell que hace la función de la voz. En “Morning train” es la otra steel guitar, la de Chuck Campbell, la que se luce emulando los sonidos de un tren tal como hacían los primitivos bluesmen, dos ejemplos de la peculiar manera que tienen de entender este instrumento, al que en otros momentos le arrancan unos increibles sonidos de piano y órgano, algo asombroso que hay que escuchar para creer.

Por su parte, el otro hermano Campbell, Philip, que toca la guitarra eléctrica, el batería es su hijo Carl, también luce su toque fluido en los extensos desarrollos que hacen de sus canciones, donde hay espacio para improvisaciones, proclamas y los clásicos juegos de llamada-respuesta tan propios del gospel. Veteranos y experimentados músicos, buenos conocedores de todas las claves y resortes necesarios para complacer al respetable, los hermanos Campbell usaron todos sus recursos para ofrecer un espectáculo divertido y vibrante, lleno de energía y buenas vibraciones que contó con la estimable ayuda del numeroso público que casi llenaba la sala, un público entregado, muy participativo durante toda la noche, con sus palmas, cantos y bailes, bien dispuesto a participar gozosamente, con un fervor casi religioso, en la celebración que ofrecieron estos peculiares reverendos del ritmo, que siguen de gira estos días por tierras altoaragonesas.

[CITA. Diario del Altoaragón. Pedro J. Gállego. 21-03-2009.]

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