“HORA DE DORMIR”. NARRACIÓN.

 

 Medianoche, hora de dormir. Me deslizo suavemente entre las sabanas blancas de la cama de matrimonio. Tengo frío pero, a medida que me acomodo, voy notando el calor de mi pareja ya medio dormida. Mi cuerpo cansado se acerca al suyo, adaptando la postura para encajar casi a la perfección, como una pieza de tetris que encuentra el hueco ideal. Siente mi presencia y une su mano caliente a la mía: es el momento más feliz del día.

 

Todos los sufrimientos y frustraciones de las últimas diecisiete horas se esfuman en esa caricia tierna y fuerte a la vez, una caricia cargada de mil sentimientos que se amontonan a la puerta de mi alma para que se nutra de ellos sin límite. El amor, por supuesto, pero también el agradecimiento y el reconocimiento.

 

Ha sido un día largo y complicado, pero ahora sé que todo ha valido la pena.

 

oficina1Era mediodía, la hora de descansar. Sobre mi mesa un sandwich aplastado esperaba su sentencia. Lo había preparado anoche para tomarlo a media mañana,  pero no hubo tiempo ni de tener hambre. Llevaba cuatro horas lidiando con un cliente insatisfecho, un proveedor torpe y un compañero que sólo merece semejante denominación por el hecho casual de compartir despacho conmigo.

 

foto1La mañana lluviosa ya prometía cuando el niño se levantó con dolor de garganta y fiebre. ¡Pobre! Tuve que llevarle corriendo al médico, cancelar o posponer las citas profesionales tempranas y dar explicaciones a mi jefe, a quién le costó entender que un niño de cinco años tuviera prioridad sobre mi puntualidad en el trabajo. Y como, una vez más, había olvidado cargar el móvil por la noche, tuve que hacer todas esas llamadas desde la cabina del ambulatorio, con la agenda en una mano, las monedas en la otra, el teléfono agarrado entre el hombro y el cuello, y el niño apoyado contra las piernas, llorando y pisando el bolso que barría el suelo por falta de mano disponible, aplastando mi sandwich de media mañana.

 

Al final había conseguido que el proveedor resolviera el error de entrega – propiciado por las imprecisas instrucciones de mi compañero – y así el cliente se fuera algo más tranquilo, agarrando triunfalmente la compensación en metálico que no tuve más remedio que ofrecerle. Mi suegra había hecho el favor de quedarse con el pequeño y la llamé. Todo estaba bien. Hasta el sandwich que había empezado a comer no sabía tan mal, a pesar de su triste apariencia.

 

Pero algo dolía. Y mucho. Un sentimiento de rabia y frustración me invadió. Oía una y otra vez las palabras del cliente insatisfecho. En ellas quedaba claro como, en su mente, mi género me designaba como la más pausible – o la más cómoda – culpable del error de entrega del proveedor, cuya parte de responsabilidad nunca asumiría la arrogancia de ese hombre encorbatado sentado a mi lado en el despacho. Me acordaba como ése había intercambiado miradas de complicidad con el cliente como si, desde una posición de mayoría absoluta, se nutriesen mutuamente de poder. Volvía a percibir el goce que les producía ese ejercicio, sutil pero fácil, de humillación.

El sentimiento no era nuevo. Lo conocía tan bien que había llegado a asumirlo dentro de una normalidad rutinaria. Pero hoy me dolió. Casi tanto como ese día que una compañera declaró que fue mi forma de vestir la culpable de que un cliente se lastimara el tobillo al resbalar y caer sobre las viejas escaleras de nuestras oficinas en un intento de mirada furtiva hacia mis extremidades inferiores. Hubo juicio. La empresa fue exculpada. Yo no.

 

Decidí no terminar el sandwich y dejar de darle vueltas a lo que acababa de ocurrir. Había que retomar el trabajo con prisa para recuperar la media mañana perdida y no quería salir tarde, pues debía hacer las compras de camino a casa. Por cierto, la había dejado sin recoger esta mañana con la salida apresurada hacia el médico.

 

dormirMedianoche, reina la paz en el apartamento limpio y ordenado. El niño duerme profundamente, ya se le ha pasado la fiebre. Su abrazo de buenas noches fue más fuerte que nunca, como si le hubiese salvado la vida. La mano de mi pareja sigue apretando la mía. El momento más feliz del día. Mañana me vestiré como a mi me gusta.

 

[CITA. Narración ganadora del concurso de relatos sobre la mujer, organizado por la Agrupación Local del Partido Socialista Obrero Español. Título: “Hora de dormir”. Autora: Danielle Joue]. 

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