UN OBISPO LLAMADO DON JAVIER (I)

Conocí a Don Javier Osés muy tarde. Por conocer quiero decir tratar. Lo traté primero cuando desempeñé el cargo de Director Provincial de Educación (Huesca, 1990-1994); Después, ya, como Alcalde de la ciudad de Huesca. Fue durante parte de estos años, los últimos de su vida, cuando tuve el honor y la suerte de ir descubriendo su forma de ser, lo que le preocupaba y puede que también lo que le angustiaba. Esto último he dudado bastante en ponerlo.

Como si de alguna insigne película se tratara, pude observar a Don Javier paseando por la plaza de la Catedral (o del Ayuntamiento, si se quiere), observarlo desde las ventanas del Ayuntamiento, de la Alcaldía. Muchos días, temprano, entre nueve y diez horas, Don Javier paseaba por el lado de la fachada de la Catedral y de la Antigua Parroquieta. Iba y volvía, una y otra vez… yo lo observaba  y, a veces, cuando tenía  que decirle algo, bajaba e iba a su encuentro siempre llevábamos algo entre manos sobre el Antiguo Seminario Diocesano, sobre la semana sobre el Santo Cristo de los Milagros, sobre cuestiones relacionadas con conventos… Algún día  contaré como pactamos el hacer una  limpieza fina en algún espacio del entorno de la catedral. Lo contare como contare otras cosas que tuve la fortuna de compartir con el obispo Osés.

A pesar de sus años y de su gran experiencia pastoral siempre tuve la impresión de que don Javier Osés era una persona tímida. Desde su imponente altura y su firme voz, don Javier era parco en palabras, no le gustaba alargar las conversaciones, como se suele decir iba al grano, traía muy meditadas las propuestas o, simplemente las contestaciones. Era tímido (Creo), rezumaba liderazgo, no tenia que esforzarse para convencer. Su estilo era el de otro insigne clérigo, Baltasar Gracián.

Ya lo he dicho, su presencia física imponía, si bien poco a poco fue perdiendo vigor. Lo fui observando desde detrás de los cristales de la alcaldía. A partir de un determinado momento me bastaron unas pocas semanas para constatar que algo le pasaba, que ya no caminaba por el empedrado de la plaza con la prestancia de siempre, con la prestancia austera, de un príncipe de la iglesia. Algo le pasaba, poco a poco empezó sinuosamente a encorvarse. Los rumores empezaron a circular. Don Javier estaba enfermo, pronto supimos que gravemente enfermo. Y un buen día me di cuenta que Don Javier ya no paseaba por la Plaza del Ayuntamiento (o de la Catedral, si se quiere). Pregunté con tacto por él y me confirmaron lo que, sin certeza, intuía. Entonces empecé a sentir una gran incertidumbre. Me dí cuenta de que además de respeto y admiración sentía por él mucho aprecio, mucho afecto…

Le sustituyó provisionalmente en las veces de Obispo Don Agustín Catón, vicario general. En realidad, Don Agustín era un entrañable cura de pueblo, un párroco, un maestro… muy distinto a Don Javier. Todos somos muy distintos los unos de los otros. Recuerdo mucho su forma de predicar , cuidando siempre su estrategia didáctica. Maestro también como yo, creo que era precisamente la didáctica  la que de alguna manera nos unía.

Catedral de Huesca. Capilla del popolo. Sarcófago de Don Javier Oses.

Catedral de Huesca. Capilla del populo. Sarcófago de Don Javier Oses.

Ya no volví a ver más a Don Javier. Me traían noticias de él, preguntaba por él, sin saber nunca que hacer, si visitarlo en la clínica o un su casa familiar, o no haciendo por preservar su privacidad. El dilema de siempre. Como decía no volví a ver a Don Javier y, por el contrario, comencé a conocer a su familia, una excelente familia.¿Quieren conocer una justa compensación  a la complejidad  y dificultad de la función de Alcalde?. Pues aquí tienen una, él haber tratado a Don Javier, haber tomado algunas decisiones conjuntamente con él y conocer a su familia.

Créanselo, la Capilla del populo está muy cerca.

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