FLAMENCO EN EL AUDITORIO HUESCA.

 

Ayer por la noche (30/10/08) asistimos en el Auditorio de Huesca al montaje “La edad de oro” de Israel Galván. El bailaor estaba acompañado por el cantaor Fernando Terremoto y el guitarrista Alfredo Lagos. Diré de entrada que yo jamás osaré hacer un comentario analítico sobre un espectáculo de cante flamenco, por la sencilla razón de que carezco del conocimiento técnico necesario para poder hacerlo. Pero sí diré tres cosas: La primera, que a este oscense nacido al pie de la Sierra de Guara le gustó mucho el montaje. Como se suele decir, me llegó. Segundo, que el abundante público asistente al acto les aplaudió al final con entusiasmo. Por la reacción del público sólo se puede hablar de éxito. Tercero, que tanto Israel Galván como Fernando Terremoto y Alfredo Lagos tienen un talante, un saber estar y un sentido del humor magníficos. No te puedes imaginar querido lector la reacción de los tres flamencos al tener que cumplir con los bises que pidió el público. Hubo bises, pero intercambiando los papeles, de tal manera que Israel termino cantando y el cantaor y el guitarrista terminaron imitando, yo diría más bien parodiando, a Israel Galván, con gracia y salero.

Arte, proximidad y complicidad con el público. Me gustó mucho. A muchos kilómetros de la tierra del cante flamenco, estos tres flamencos sonaron fenomenal en Huesca. Y decía que no iba a hacer un comentario crítico, lo digo por eso de la ortodoxia y la heterodoxia del flamenco. Mira querido lector, siempre lo más nuevo, lo más experimental, si es de verdad, lo es porque tiene raíces en lo clásico y conlleva una síntesis de la historia del arte correspondiente. O acaso, ¿Picasso o Dalí no conocían a fondo el mundo de la pintura clásica?. Ya lo creo, la conocían y en sus grandes obras rompedoras está siempre la raíz clásica. Lo mismo digo de Israel Galván. Yo no se de flamenco, pero intuyo en el baile de Galván mucha ortodoxia de la buena, y como cualquier creador de su tiempo, rompiendo, siempre buscando… yo me lo pasé muy bien.

Para terminar recordaré dos montajes que en otro orden de cosas también me emocionaron: “Quejío” y “Los palos” de La Cuadra de Sevilla, de Salvador Távora. Aquello y esto diferentes, pero con un fondo común. Siempre buscando.