“SÍ SEÑOR, CON DOS COJONES…”

 

Que el lenguaje es algo vivo es muy evidente. Nos lo dicen la Real Academia de la Lengua, los expertos, y nos lo dice la propia experiencia hablando y escuchando a los demás. Puede que esto sea así sobre todo cuando tus interlocutores son gente joven. El contraste generacional en esta materia es poderoso y cada vez lo compruebo con más frecuencia.

El tiempo pasa y la realidad cambia, y con ellos los lenguajes. Me sorprendo a mí mismo, siempre gratamente, utilizando giros o palabras que ya rara vez se escuchan, o al contrario. Por ejemplo, en Huesca, era frecuente hace años utilizar la expresión “coger un capazo”, por haber estado hablando con alguien un buen rato. Hoy rara vez la oigo. O a casi nadie se le oye decir lo “flamenca” que está una mujer (los adjetivos actuales responden incluso a prototipos y preferencias de físico de mujer diferentes), o referirse a un militar de baja graduación con el apelativo de “chusquero”… Son términos o giros que se utilizaban en el lenguaje popular y profesional como lo más normal del mundo.

Todo cambia: Cambia la realidad, cambian los lenguajes, cambia la sensibilidad y la percepción de las cosas. Hoy mismo he leído en algún lado que se ha aceptado un nuevo término, Quinkon, con un significado que no me ha quedado muy claro, y en esta materia prefiero ser prudente hasta que tenga más datos para poder opinar. En cualquier caso quiero hacerme a la idea por si algún día me dicen, o le dicen a Luis Felipe, que estamos hechos unos quinkon… Tampoco me ha quedado muy claro si de verdad la Real Academia va a aceptar también el término rambo para expresar no se qué otro concepto. ¿Será por lo del historial de  McCain?.

Está bien, y hay que estar en la onda de los tiempos, y en su devenir encontraremos posibles pautas a seguir y a veces a respetar. El otro día escuchaba con reiteración una expresión muy gráfica, probablemente de poca corrección política, pero creo que acertada en su intención, si la expresión la pronuncia un hombre. Decía un joven empresario, a través de su móvil, a otro, en tono asertivo: “Con dos cojones, de puta madre…”. Escuchaba unos segundos y volvía a afirmar: “Con dos cojones, de puta madre…”. Volvía a escuchar y volvía a responder. Perdona querido lector, pero era imposible no oirlo, puesto que muy metido en su conversación lo decía muy en voz alta.

Esta expresión no me suena a nueva, sino todo lo contrario. La oímos en las tertulias más diversas y aparece cada vez más reiterada en los guiones de las series televisivas y programas radiofónicos… En realidad, si nos detenemos a pensar en esta expresión, pronto nos daremos cuenta de que no es otra cosa que una nueva versión, un remake, de aquella otra que decía “sí señor, así se hace…”. Sobre cúal de las dos es políticamente más correcta lo dejo a la decisión de quiénes entren en este debate, no me negará usted que muy interesante.

En cualquier caso, como a mí me gusta “mojarme” diré que me quedo con la primera, mucho más contundente cuando queremos subrayar, o animar, o felicitar,… a alguien por algo que ha hecho o va a hacer, y que merezca la pena. Sí, porque no me negará que eso es lo que hay que hacer muchas veces cuando hay que hacer: Sí, “con dos cojones”.

Estos días pasados me acordaba de estas cuestiones. Estas pequeñas reflexiones que escribo en el blog suelen salir de conversaciones que han tenido lugar a lo largo de las jornadas de trabajo, y muy en especial en los almuerzos a los que yo les tengo mucho cariño. No me olvido que prometí escribir sobre los almuerzos, que no sobre los desayunos ní las comidas. Es decir, entre col y col, chulla.

No sé muy bien a que viene lo de la col y la chulla, pero sí lo que voy a contar ahora en relación con lo primero. Estaba en Madrid, en la habitación del hotel, más o menos a las once de la noche del pasado día catorce de octubre, preguntándome cómo se habría desarrollado el concierto de la Orquesta Internacional de Praga que esa tarde-noche había tenido lugar en el Auditorio de Huesca. Y como si me hubieran adivinado el pensamiento, varias personas me llamaron para decirme que muy bien. Que el Auditorio se había llenado por completo, que la acústica había sido excepcional y que los asistentes, por lo menos aquellos con los que habían intercambiado opiniones mis interlocutores, hablaban con entusiasmo del concierto.

Conforme iba pasando el tiempo las llamadas dejaron de producirse. Volvió la tranquilidad y el silencio favorable para la reflexión. Un silencio relativo, acompañado del rumor de fondo procedente de Plaza  España. Todo había ido bien. El esfuerzo de la ciudad de Huesca estaba dando resultados. Merecía la pena. Y yo me repetía a mí mismo: “Sí señor, con dos cojones, de puta madre,…así se hace“.

Al día siguiente los medios de comunicación subrayarían que el Auditorio había pasado con éxito su primera gran prueba de fuego, la de la acústica.