DE LAS HIGUERAS A MARÍA DOLORES PRADERA

 

La opinión del pasado sábado la remataba con una alusión a las higueras. Podía haber citado cualquier otra especie pero preferí hacerlo de las mismas por dos razones. Primero, seré sincero, porque teníamos una excelente fotografía (¿ a qué no adivinan quién la hizo ?). La segunda razón porque me gustan mucho las higueras, y tanto o más, los higos. Añadiré que conforme iba trabajando la anterior opinión, me iba acordando de una anécdota, de un chascarrillo que me pasó ya hace muchos años y que cada vez que hablo de las higueras me viene a la mente. Retornaremos luego a la anécdota.

Había ya casi terminado mi jornada laboral dominical. Eran casi las veinte horas y al llegar a mi casa encendí la radio; estaban retransmitiendo el partido de fútbol entre el Nástic de Tarragona y la S.D.Huesca. Venía de ver el encuentro entre el Peñas Oscenses y el Universidad, y habíamos perdido. Me encontraba algo triste y por eso me costó entonar el ánimo hasta que los periodistas hicieron alusión al empate a cero entre el Nástic y el Huesca.

Ese resultado parcial me alegró y manteniendo la radio encendida comencé a leer sobre informaciones y artículos de Economía. Ya saben, lo de la crisis. Iba leyendo y como profesor que sigo siendo, subrayando y apostillando al margen.

Trabajaba y escuchaba a la vez. Todo ello entre susto y alegría, hasta que llegó el gol del Nástic. Ya la habíamos jodido, pero, trascurridos un par de minutos, tanto los periodistas como yo ya habíamos levantado el ánimo y nos contagiamos de un claro optimismo a favor del Huesca. Sólo en la cocina, me decía a mismo que si el Rayo Vallecano nos metió un gol a treinta segundos de concluir el tiempo de descuento, porqué no íbamos nosotros a meter un gol para empatar a falta de  un cuarto de hora, y oiga, porqué no a ganar. Y llegó el empate. Seguro que al Huesca entre todos le habíamos contagiado el optimismo. Está claro, los pesimistas no van a ningún lado. Terminó el partido y todos muy contentos.

Tan contento que, sin solución de continuidad, me sumergí en la lectura; no notaba ningún tipo de cansancio a esas horas de la tarde-noche. Seguía oyendo la radio y probablemente la hubiera apagado sino hubiera escuchado el título del nuevo programa, “ Hablando sobre mujeres “. Mantuve la atención hasta que oí decir a Juan Cruz el nombre de la mujer entrevistada: María Dolores Pradera. Estaba claro que me lo iba a pasar bien escuchándolos.

Siempre me ha gustado mucho María Dolores Pradera. Como actriz de teatro, como cantante y como persona. Aunque pueda parecer extraño mantengo una visión muy concreta y muy viva de esta mujer en el campo de la interpretación teatral. Fue una auténtica pérdida que dejara el teatro para cantar; debía haber interpretado y cantado paralelamente. Pero la historia de cada cual se teje de mimbres y cañas muy diferentes. Algún día contará María Dolores Pradera las razones de su decisión.

                                    

LA FLOR DE LA CANELA (Por la vereda del Isuela)
LA FLOR DE LA CANELA… (Por la vereda del Isuela)

 Sobre la ” cantante ” no tiene sentido comentar, está todo magistralmente cantado, dicho, interpretado y compartido. Si María Félix fue la Doña, María Dolores Pradera en el mundo Latino-Americano fue y es la Señora.

Tengo que decirlo, pero María Dolores Pradera consiguió lo que no consiguió el fútbol, y es que  compatibilizara la lectura y el seguimiento del programa de radio. Me paré, fui a la nevera, cogí un racimo de una excelente uva moscatel y me concentré en un amenísimo programa de radio. Era una delicia escuchar a los periodistas y a María Dolores Pradera. La que fue mujer del genio más insoportable de la segunda mitad del  siglo veinte español, el insigne Fernando Fernán Gómez, iba desgranando su vida, dando breves pinceladas de algunos de los personajes más significativos del mundo de la creación artística, y sobre todo contaba anécdotas que le habían sucedido personalmente y que narradas con su voz y con su estilo se convertían, en las ondas de la radio, en un auténtico friso de verdad histórica.

Contó muchas anécdotas. Yo voy a referir una de ellas, que de haber dispuesto de una grabación de la entrevista la hubiera reproducido literalmente. Pero no es así… Contó María Dolores Pradera: ” Estando en Madrid me comentó un taxista: ” Deseo decirle que mis hijas la admiran mucho a usted. La escuchan constantemente cantar. Hablan de usted con mucho cariño y admiración…” Al oir toda esta larga manifestación de elogios hacia mi persona y mi trabajo, le dije al señor que les transmitiera a sus hijas un cordial saludo de mi parte y mi más sincero agradecimiento. Y de igual manera le agradezco a usted su deferencia conmigo, su actitud tan positiva hacia mi persona… Y el señor al oir mis alusiones hacia su persona, sin pensarlo dos veces me replicó: “ No, no… Si yo a usted la aborrezco; son mis hijas las que la admiran, pero yo a usted no le tengo ninguna simpatía, más bien todo lo contrario.

Todo esto contado con la gracia, el estilo de María Dolores Pradera y la complicidad de los periodistas. Como comprenderá el que esté leyendo esta crónica yo me lo estaba pasando muy bien. Y en ese ir y venir de la historia verbal, de las vivencias de la entrevistada y de todo tipo de anécdotas y chascarrillos, no sé porqué me vino a mí a la cabeza una situación que viví hace muchos años y que de una u otra manera tiene que ver, ya se lo pueden imaginar, con las higueras, aunque nada con la gran señora que es Doña María Dolores Pradera.

Contaré. Hace ya más de veinte años, tras comprar un paquete de ducados en el Estanco de Benito y estar a punto de encender un cigarrillo, me tropecé en la Avenida Pirineos con un compañero maestro que hacía bastante tiempo que no veía. Nos saludamos y como pasa entre los profesionales del mismo gremio nos preguntamos mutuamente nuestras respectivas vidas. Lógicamente yo le pregunté por dónde se encontraba destinado. Y él me contestó que en Huesca, y me explicó la trayectoria profesional que había seguido en los últimos años, es decir los distintos puestos de trabajo que había desempeñado, los centros y por supuesto las localidades. Y terminó su explicación con una especie de postdata cariñosa. Dijo: ” Y ahora, en Huesca. Como te puedes imaginar es mi regreso a mi verdadera y querida madriguera. Yo me lo quedé mirando y le repliqué: “ Por supuesto, es lógico, es natural que quieras volver a la madre higuera“.

Cierto. Terminó la conversación y nos despedimos afectuosamente. Aún no había llegado a la actual Plaza Luis Buñuel que me detuve, y estuve pensando en lo que mi compañero me acababa de decir y en lo que yo le acababa de contestar… Puede estar usted seguro que durante mucho tiempo, cada vez que me acordaba de la madre higuera, sentía un auténtico sonrojo. Hoy todavía no lo sé contar en una conversación normal, sin que me entre la risa tonta, porque hace falta ser tonto para confundir madriguera con madre higuera. Y lo que más me avergonzaba era cuando pensaba yo lo que debía haber pensado él al contestarle yo lo que le contesté.